“
Es extraño que no se pueda desear simplemente lo que se quiere.”
Michael Ende, en La historia interminable
abro los ojos y creo
que la claridad del día me muestra una imagen lúcida,
evidente, igual para todos,
como si tuviera existencia independiente de mí
entonces espero que ella me bañe de blanco
que haga transparentes mis deseos
que disipe las dudas
que se acostaron conmigo la noche anterior
y es verdad que la mañana
(por estar hecha de tiempo)
tiene el poder de revelar mutaciones
pero también es cierto todo lo contrario
porque el tiempo es un invento del hombre
como también la palabra “mañana”
o la idea misma de “inventar” o este poema
todo es tan caprichosamente complejo
que, a veces, pierdo por completo
el sentido de lo que quiero
como si los sentimientos en realidad
me nacieran de la cabeza
o el pensamiento buscara
un refugio inútil en mi corazón
un desperfecto, como si la maquinaria del cuerpo
se paralizara en un instante específico
y los ojos sintieran la sal
o la lengua descubriera los colores
o los oídos notaran un perfume incomprensible:
una realidad que es mi propio invento
y, por eso, mi propia soledad
porque
el otro (vos que coincidentemente hoy te detuviste a leerme)
también despertaste esta mañana
e intentaste bañarte con la claridad del día
e inventaste tu mundo y tu propia soledad
pero como todo es tan caprichosamente simple
intuyo que en esa distancia en que nos perdemos
es posible que tropecemos con el mismo miedo
quien sabe, pienso, también él
(ese miedo que desordena nuestras percepciones)
tenga la capacidad de inventar otro mundo
tal vez un empalme de rutas, una encrucijada,
donde podamos en verdad encontrarnos.