lunes, 5 de mayo de 2008

Ecuación natural

Sabía que lo que buscaba estaba en una ecuación natural, pero que la matemática todavía no había podido descifrarla.

La luz se había cortado en todo el barrio y la oscuridad de mi casa no me ayudaba. Como siempre que me sentía confundida y asfixiada, salí a caminar.

Afuera, aunque la noche se había instalado hacía algunas horas, el cielo tenía su propia fosforescencia. Éramos pocos los que deambulábamos silenciosos, los demás permanecían encerrados dentro de sus casas por causas paranoides típicas de la gran urbe.

Caminaba sin destino, pero trataba de evitar los rincones más oscuros porque no contribuían a aclarar mis conjeturas.

Los minutos se caían en las alcantarillas junto a los perros extraviados y el efecto billar también me atrapó. Un hueco me tragó antes de que pudiera resistirme. El vértigo inesperado me impidió razonar.

Aterricé sobre una mesa larguísima y destrocé el arreglo de flores que había intentado decorar ese momento especial. Por un instante, los doce comensales me miraron tan sorprendidos como yo a ellos, pero luego todo volvió a la calma, a una normalidad extraña que no comprendía.

Una mujer mayor, de unos setenta años, sugirió que estaría más cómoda si me sentaba en una de las sillas. Observé el único lugar libre en la cabecera de la mesa. No pude negarme, sobre todo porque les debía una disculpa.

Enseguida alguien llenó mi copa con una bebida espumosa de frutas naturales. El brindis se organizó de inmediato: Por el misterio, dijo un hombre y todos rieron como embriagados.

Bebí sin pensar, la confusión había bloqueado todas mis ideas, mi cerebro ya no conectaba causas con efectos, ni concavidades con sus complementos convexos. Primero sentí un temblor en todo el cuerpo y después una especie de explosión dentro de mi cabeza. La sala se iluminó como si alguien hubiera disparado el flash de una cámara.
Volvió la luz, gritaron varios con entusiasmo.

La mujer que estaba a mi derecha me codeó con fuerza. La miré y noté que me hacía gestos como exhortándome a que hablara. De pronto, todos los demás se callaron y clavaron sus ojos sobre mi rostro aturdido.

Está en la piel, creo…, o en la saliva, comencé a explicar, o tal vez en la sangre, pero todavía no sé cómo vamos a traducir el mensaje.

Aaaah!, murmuraron todos. Mis palabras parecían adecuarse exactamente a sus expectativas.

Probemos, propuso un hombre vestido de blanco, que había dispuesto sobre la mesa una serie de herramientas quirúrgicas.

Primero raspó la yema de su dedo índice con una especie de gubia y extrajo restos de piel. Los colocó sobre un plato vacío y les arrojó encima un ácido blanco que había sacado de un frasco que guardaba en su bolsillo. Todos miramos el hilo de humo que se desprendió y que duró sólo un segundo.

No, no está en la piel, refunfuñó.

Otro hombre, de casi ochenta años, ofreció su saliva. Abrió la boca, bien grande, y sacó la lengua delante del que se jactaba de médico quien, con una cuchara de té, recogió la humedad que se había acumulado entre las encías debilitadas del viejo. Luego, colocó la cuchara encima de la llama de un encendedor. La saliva tomó temperatura y -otra vez humo-, comenzó a evaporarse hasta desaparecer por completo.
Nada. Ninguna huella siquiera que delatara el mensaje. Sólo quedaba una opción. Por un instante todos permanecimos en silencio y nos observamos.

Mi sangre, dije como guiada por un impulso exterior que me obligó a hablar, por una voluntad que desconocía.

El hombre de blanco tomó un bisturí y realizó un tajo longitudinal sobre mi muñeca izquierda. Dejé que las gotas cayeran al azar sobre otro de los platos.
Entonces ocurrió algo inexplicable. El mensaje podía leerse con facilidad en las letras rojas que, a modo de telegrama, impregnaron la superficie blanquísima del plato:

En los detalles está el misterio, se leía claramente.

Nadie se atrevió a decir nada más. Todos quedamos boquiabiertos y palidecimos por varios minutos. Se podía escuchar hasta el aleteo de las mariposas nocturnas. Luego, protegí el tajo con mi propia saliva y la hemorragia cesó. Entonces fui chupada por una fuerza superior que me sacó de allí como un tsunami y me arrojó contra el pavimento exterior.

Regresé a casa. Al entrar, encendí la luz y pude ver la existencia con una minuciosidad reveladora. Después miré mi brazo izquierdo y mi muñeca se encontraba intacta. Entre las infinitas líneas en las que se desplegaba mi piel nadie hubiera podido reconocer cuál era la grieta que se había abierto algunos minutos atrás en aquel lugar desconocido. Miré por instinto hacia mi mesa de luz. Allí descansaba una estatuilla de ébano con una figura casi irreal, que antes nunca había estado. Me acerqué y con temor la tomé entre mis manos; sólo entonces pude leer un rótulo tallado rústicamente en su base: El misterio está, otra vez, sellado.

10 comentarios:

eika dijo...

Desde ya me atrapó el título del post, pero ando con prisas, prometo volver y disfrutar leyéndolo.

Un abrazo!

La Habitacion invisible dijo...

la piel y su virulencia quimica
la saliva y su tendencia a la evaporacion
y la sangre como el anexo de un lugar inhabitable
por la muerte
(llamese cicatriz}

luisal dijo...

Hola, vengo a curiosear y devolverle la visita. Me gustó la última frase :)

paula varela dijo...

acá te espero eika ;)

paula varela dijo...

esteban, querido!
me encantó la tendencia a la evaporación de la saliva...

un abrazo!

paula varela dijo...

luisal,
bienvenida a estas tierras...

eika dijo...

"En los detalles está el misterio...

... ver la existencia con una minuciosidad reveladora...

El misterio está, otra vez, sellado".

Parecen axiomas con deducciones lógicas, ¿o no?

Interesantísimo, me dejó la cabeza cuadrada jeje.

Un beso!

nano CANALLA dijo...

el misterio y el secreto tambien están en esos lugares a los que no queremos entrar porque pensamos que nos van a confundir más!!! que hubiera pasado en esos rincones oscuros?

paula varela dijo...

eika:
deje rodar su cabeza para que pulan las aristas... jeje

un beso!

paula varela dijo...

nano:
es cierto...
últimamente estoy pensando que debería atreverme un poco más y visitiar también esos rincones oscuros.

Gracias!
Un beso.